Cecilia Castelli

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El desencuentro de la virtualidad

El desencuentro de la virtualidad

Con órdenes estrictas de parte del psicópata del gobernador de California de no salir de nuestras casas ni juntarnos después de las veintidós horas, el sábado tuvimos una cena épica en la casa de mis amigos argentinos: Fernando y Sebastián.

A Seba no lo puedo mencionar porque dijo que a él no le gustaría aparecer en mis relatos sin revisar el documento antes de que salga a la luz. Por lo que eliminé por completo la opción de incluirlo en mis descripciones.

En cambio Fer, es de los míos; alguien que se revuelca en el suelo con su propio ego apadrinando el sarcasmo y restándole valor a la necesidad de sentirnos importantes para sobrevivir. Cheers for that brother!

—Por mí, ¡hasta poné mi nombre! Me dijo, sellando un vínculo con mi persona de por vida.

¿Se puede querer a alguien en tan poco tiempo? Claro, y se llama: amistad a primera vista.

Fer se acaba de separar de un matrimonio de catorce años, se fue de su casa y se alquiló un cottage house en donde nos invitó el sábado a Seba y a mí.

—Estoy muy contento con el lugar y no pienso convivir con nadie más—declaró en voz alta mientras mis recursos literarios cocinaban un estofado a fuego lento en mi ordenador—.

Él no me conoce mucho, pero soy de comprometerme hasta con la papelera del correo no deseado. Un matrimonio sin convivencia es como ir a terapia para hablar solo de cosas lindas, vas a pasar un buen rato, pero de forjar tu carácter y ver tus miserias para evolucionar, lo dudo. Mucho menos para encontrar goce en el servicio al otro. Y eso está bien, no todos hemos venido a confrontar nuestras debilidades de la misma manera. De hecho, estoy convencida de que solo un quince porciento de la población está cortada para el verdadero compromiso, que implica el alma, y no poner el cuerpo para dormir, tener sexo, trabajar y volver a repetir el ciclo como Neandertales.

No voy a discutir doscientos años de reincidencia, pero somos una raza que bordeamos entre la decadencia de nuestras limitaciones y la falta de voluntad para elegir caminos más acordes a nuestra mediocridad.

Fernando la tiene clara, porque al menos sabe donde está parado y no le miente a nadie para obtener lo que desea. Que en su momento es estar metido en Tinder y recibir fotos desnudas de una rubia que casi nos deja a todos quemándonos en el hogar a leña que inauguró con nuestra visita.

—Yo estaba por irme a dormir, metido en la cama a punto de apagar la luz, y esta rubia infartante me envió fotos desnuda preguntándome si nos podíamos encontrar a mitad de camino entre su casa y la mía—nos contó mientras giraba el celular y aceptábamos el veredicto de una mujer más sin autoestima—.

—¿Y vos qué hiciste? Le pregunté con una curiosidad que casi se cae sobre el fuego que nos acobijaba.

—¿Con este frío? ¡Me fui a dormir!

Qué bueno, pensé, algunas pulsiones son tan fuertes que no hay invierno que las detenga. Conozco muchas personas que por un orgasmo con un cuerpo prestado son capaces hasta de salir en chinelas.

Mientras puse mi voto en la urna, sacó la lista de mujeres con las que había matcheado y me las mostró una por una.

Eso parecía la jaula de las locas; hacía mucho tiempo que no veía una conglomeración de tanta complejidad, superficialidad y exceso de maquillaje en mi vida. La que no parecía un gato centrifugado estaba para la silla eléctrica; jodidas, impersonales, sosteniendo un carisma remachado con alcohol y al borde de ingresar en la clínica de bipolares sin medicación.

¿Y yo estaba preocupada por qué el cuerito de la canilla del baño pierde agua? Qué afortunadas somos algunas de no tener que pasar por tanto escándalo visual.

Por supuesto que la única que parecía normal del tren fantasma de su colección, lo ignoró por completo.

—No entiendo Fer, ¿decime por favor que te gusta de estas mujeres? Se ven tan complicadas.

—Y…Las complicadas me atraen.

Ajá, y después la culpa la tiene la convivencia. Las trampas mortales de la humanidad que hacen que la unión quede mal vista.

Me quedé en silencio pensando que yo tampoco quisiera convivir con ninguna de esas mujeres, pero la pregunta que siempre me acecha después de estas observaciones fue: ¿esta gente podría estar con una persona sencilla que los ame sanamente?

Probablemente no, porque estamos todos tan rotos y confundidos que creemos que el amor es el responsable de un trabajo mal hecho.

Y así, saltando de cuerpo en cuerpo y de relación en relación, seguimos arrastrando al monstruo que evitamos confrontar hasta que algún día la realidad pegue la vuelta y optemos por el despertar. Mientras tanto, seguiremos buscando víctimas y cómplices que nos acompañen a sufrir de a dos, solo para que el camino no sea tan oscuramente solitario y tengamos la maravillosa excusa de sentirnos entretenidos.

Desde mi guarida de la calle Chestnut, muy buen Lunes para todos.

Ceci Castelli

www.cecicastelli.com



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