Cecilia Castelli

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La verdad nos hará cabrones

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Hace dos días hablé con un amigo y me formuló su desencanto con mi escritura en los últimos tiempos. A él le gustaba cuando yo escribía sobre las superficialidades mundanas de este plano, contaminado de neandertales, uñas de acrílico y charlas sobre la dieta vegana de los nuevos protestantes del cambio climático.

Alguna que otra cita de cuarta en donde me quería rasurar la autoestima con el borde del vaso, y mis historias coloridas de una falsa libertad dominada por el comunismo.

Tampoco las cosas están tan mal—adentro mío—, ya que mi felicidad jamás dependió de los factores que me rodean, si no más bien de la elección de habitar una vida reclutada de la civilización. Siempre a un costado evitando crear un diálogo con la sociedad actual que si no sufre de algún mal, se lo inventa. No hemos llegado a la medicina zombie por ser homeopáticos y creyentes, estamos donde estamos porque el ser humano es la especie más débil del sistema solar. 

No elegí como patio de mi casa al Atlántico para despejarme, sino más bien para acompañar mi soledad con el silencio de la naturaleza, aislada de la urbanidad y el ruido del pensamiento humano que no tiene paz interior. Esa es la gran calamidad: el sufrimiento intelectual.

Depresivos abstenerse, ustedes ya están en el lodo. Hablo de los que tienen casi todo, menos lo que importa: la conexión con el espíritu. 

“Es que vos querés el alma o nada, Ceci, no te culpo”, me dijo mi amiga Jamie Lynn. 

Es que no funciona apagando un botón, ¿entendes? Nací con esto, un incinerador de mentiras. Con un ojo clínico para todo lo que no es verdadero, y un diplomado en Sinceridad. Estoy hasta las manos, lo sé, este planeta no fue creado para personas como yo, acá se revuelcan en la miseria y se regodean en los principios del interés personal. El servicio es un tipo mal visto que jamás se destacó entre la arrogancia, y la nobleza puede que termine solísima, leyendo un libro en la playa y abanicándose con la sabiduría.

Me acuerdo que de chica enumeraban mi autenticidad como un patrón para ser resuelto en el analista. Como pensé que el psicólogo tenía mas poder personal que yo—la gran trampa de las ciencias duras— fui a un par de sesiones. Solo para descubrir que el psicoanálisis es infinito, y más que ayudarte con un par de banquinazos, terminas más confundido que resuelto, porque en verdad lo que te cura del mal de este mundo no es una persona, sino las ganas de enfrentarte con la verdad y asumir la responsabilidad de amarte en serio. 

El camino del guerrero lo descubrí mucho después, cuando toqué fondo con mi propia sombra y decidí hacerme cargo de no evadir traumas ni de buscar víctimas ni culpables. 

Lo irónico de todo el asunto es que sufrís de un tirón y después te convertís en un gran gozador de la vida, en cambio, la sociedad actual, prefiere fingir bienestar a que liberarse del calvario del ego.

Por esto es que no escribo solo para reírme como lo hacía mi amigo con mis relatos anteriores, escribo para sacarme de encima la densidad de este plano que va en contra de mi existencia. Una que no encaja y hace todo lo posible para vivir con un corazón liviano sin que la torpeza del mundo estorbe mi destino.


 

Buen domingo para todos,


 

Ceci Castelli

 


 

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