Cecilia Castelli

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El amor en los tiempos del coronavirus

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Creo que es la primera vez en mi vida que manejo sin querer asesinar a alguien. No hay tráfico, no hay gente, no hay mujeres poniéndose rímel en el espejo retrovisor, no hay conductores de Uber zigzagueando, no hay padres con coches en doble fila esperando al hijo y por suerte, han desparecido los de la tercera edad detrás del volante. Coronavirus, te debo una— hasta que llegué al estacionamiento del supermercado. En donde el lote parecía una escena de la película "Un día de furia,” con Michael Douglas. Supongo que la cuarentena no incluía el paseo al super porque estaba todo petado de familias enteras almacenando para la falla de San Andrés. ¿Lentejas? Who’s that?! Niente amore. Las legumbres se han hecho famosas en esta paranoia, y para un cuerpito vegetariano como el mío, me quedé lamiendo las alacenas. Aún así, las latas de conserva llevan la delantera y el atún parece ser el creador de la ósmosis inversa: popular y necesario.

No voy a detallar la góndola de servilletas descartables y papel sanitario porque no amerita ni siquiera una descripción, pero les digo una sola cosa: el día que se acabe el mundo mejor que los vea a todos cortando el papel higiénico con cuchillo y tenedor.

Cuando llegué al área de frutas y verduras, para mi sorpresa, estaba vacío. Después entendí que las colas del supermercado empezaban allí y no había lugar para recoger vegetales como un ser humano normal, tenías que pelear con los de la fila tres para cruzar una pierna sin que un pan lactal sobresalido te amputara el miembro inferior.

Tuve que decir en voz alta: “Soy una chica joven con una canasta vacía, ¿me pueden dejar pasar por favor?”

Lo que implicaba dos cosas: al ser joven iba a moverme más rápido sin que a nadie le agarrara un edema de glotis por mi lentitud, y dos: tengo un canasto, que representa una amenaza menor que los carritos XL.

Vi como un par de ancianos me tiraron miradas rayo láser a punto de exterminar mi especie: “la chica soltera harta de este show”. Pero enseguidita me giraba haciéndoles un “quiero vale cuatro” y terminábamos la guerra de miradas asquerosas sobre los plátanos orgánicos.

En un momento una señora me dijo que la cola empezaba en la zona de pescados, y ahí nomás la apunté con una berenjena y le dije: no estoy en la cola, no se preocupe, si me voy a colar me aseguraré de hacerlo en la parte de adelante para que usted no me vea.

Ejercitemos la solidaridad y empecemos con el coaching urbano bajando el nivel de stress de una población que solo piensa en sí misma. Lo que te mata no es un virus, es tu puñetero sistema inmune que no da más de defenderte sin fundamentos.

Cuando llegué a la fila (de dos vueltas con nudo y desenlace), aprendí de marketing, tecnologías avanzadas, microcélulas, finanzas, hipotecas y restauración, ya que todos estaban trabajando desde sus celulares y escuché llamadas enteras con punto y coma. Hasta vi un millennial en una videollamada hablando con su jefe con las galletas de arroz de fondo.

Un par de ciudadanos con máscaras para un colapso nuclear y perros de asistencia asomando la trompa entre los pepinos y el agua destilada.

He tomado todas las precauciones para recluirme en casa, pero me comí todo lo que compré y me quedé sin alimento. El encierro no me da hambre, pero el hablar por teléfono con todo el mundo creo que me ha dejado sin aceite para que el carburador siga funcionando. He quemado más calorías de la cuenta y pagué un precio muy alto hoy en el supermercado. Entiendo que el COVID-19 quiera darme una lección en la cocina, pero yo pedí un chef, no un kit culinario. No hay caso, hasta el virus quiere seguir puliendo la autosuficiente en mí. Después me preguntan porque estoy soltera; con este panorama tengo menos probabilidad de volver a hacer el amor con alguien, que de coincidir con todas las herramientas internas que me han llevado a la iluminación.

Por iluminación me refiero a sobrevivir una catástrofe con los mejores huevos revueltos de la historia: mi único talento en la cocina.

Esperemos que no cierren el supermercado también, sino tendré que comer pasta gluten-free hasta que agreguen una apartado al séptimo sello: El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la hierba verde. Y los vegetarianos se quedaron sin comida. ¡Pobres vegetarianos! Serán los únicos salvados en este Apocalipsis.

Ahora los tengo que dejar porque se me quema el pochoclo con salsa de garbanzo; acepto llamadas hasta las veinte horas únicamente, y presto el hombro solo a los que se están por divorciar por estar encerrados veinticuatro horas bajo un mismo techo.

¡Nos vemos en el living!

Ceci Castelli

www.cecicastelli.com


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