Cecilia Castelli

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Problemas conyugales

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Esta mañana me levanté con gritos y puñetazos en la pared, no míos, claro. La última vez que le pegué a alguien fue a un demócrata en San Francisco. Aunque solo fue imaginariamente pude sentir su fragilidad desdoblada llorándole a alguna de estas leyes discriminatorias de moda que estamos atravesando.

Mi vecino es físico culturista, honestamente no estoy como para que me cuelguen de la pared dejándome un ojo negro, pero si no le temo a un      v i r u s mortal (modo sarcasmo ON), mucho menos a un hombre inflado con trapecios más marcados que mi infancia. 


 

—Perdoname, entiendo los debates conyugales, pero tomarme el café con leche mientras querés descuartizar a tu novia en la cocina, no es el mejor de mis domingos. Inmerecido francamente.


 

El tipo frunció el ceño mientras me metía en su  licuadora con los batidos proteicos que se hace todas las mañanas.  No me culpen, compartimos la medianera de la cocina. 

Y en un seco OK, me cerró la puerta en la cara. 

Ser clase media es el negocio con menos rédito de la historia, tenés que lidiar con la sociedad sin poder alejarte de la mediocridad con la que la gente vive. Sin paz y sin educación.

A la media hora vino él a tocarme la puerta a mí; ajá, vengativo, pensé.

Cuando le abrí, me tiró el rollo despolvando mi título de Psicóloga de Pareja. Tomándose el atrevimiento de llevarme al consultorio para que lo atendiera un feriado. 

Mientras apretaba la mandíbula, mis pensamientos ya habían llegado a una conclusion sin tener que tirarlo en el diván: sos un Neandertal, no tenés arreglo, ¿por qué estás justificándote a los 45 años en mi puerta? 


 

—Mirá, el problema es que estoy con ella hace 30 años, y es una desgraciada que sabe presionar mis botones para hacerme explotar.

Entonces hoy me saqué y empecé a los gritos. Te pido disculpas, igual vos no gritas pero cocinás con música, y yo escucho toda tu playlist de lunes a viernes, igual no me estoy quejando, tenés buen gusto.


 

—¿Me decís en serio? Igual es música, y no la estoy apuñalando contra la mesada de mármol. Digo, prefiero no participar de tu pelea callejera en mi tiempo libre.


 

—Y… viste, son 30 años, ¿alguna vez estuviste con alguien tanto tiempo?


 

Confieso que casi roda un lágrima por mi pantufla, porque la verdad que la extorsión de las relaciones largas jamás deberían ser utilizadas en mi contra. Sobre todo cuando un sujeto se quiere poner de ejemplo y vive a los ponchazos. ¿Podemos redefinir el amor s’il vous plaît? Estoy un poco cascada de que promocionen la vida en pareja como el Martin Fierro de la tolerancia, cuando sinceramente deberíamos serlo sin tener que justificarlo con el marco del matrimonio. Nadie quiere trabajar para sí mismo y después se juntan para comprobarlo y estalla la bomba de la convivencia frente a mis narices. 

Y encima hay que darles un premio por intentarlo. Cuando en realidad tienen un ego fuera de control y buscan cómplices para practicar su inmadurez a prueba ciclones. Después para colmo pretenden ahorcarme con la amenaza de que estoy soltera y  de que no me enfrento con nadie y así qué fácil. Y yo no sé como explicarles que lo más difícil es observar una sociedad en decadencia que lo único que hace es mirarse el ombligo viendo que tajada puede sacar de cada situación. Lo complejo es encontrar alguien que tenga amor en serio. ¿Pero como le digo todo esto a un ser que todavía necesita discutir para tener razón?


 

—Mirá vecino, nadie te obligó a estar en pareja, pero si no sabés navegar tu relación, te pido por favor que elijas otro día de la semana para iniciar una pelea.


 

Nos dimos la mano y se fue. Estas cosas no pasarían si yo viviera en mi casa frente al mar, con mucho dinero para pagar por mi soledad; sin vecinos, sin ruidos y sin un maldito recordatorio de que este planeta no está hecho para mujeres como yo, que eligen la paz por sobre todas las cosas. Pero tranquilos, todo lo que estamos buscando nos está buscando a nosotros también, así que no se sorprendan si dentro de muy poco ven a una tipa con un arma desde su ventana frente al Atlántico. 

Seré yo, apuntando a mis millones de dólares desde el ático de mi mansión.


 

Un beso en la frente y buen domingo per tutti.


 

Ceci Castelli

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