Las torres 5G

Hace mucho que escribo, y si bien no me considero una pro, esto de estar sentada en una silla plegable colaborando para una lordosis ya no da para más. Maduré de un tirón, agarré el coche y me fui a IKEA—a veinte minutos de casa—a comprarme una silla que me abrace los riñones para cuando empiecen las discusiones agitadas con los barbijeados.
Para mi sorpresa, mientras manejaba hacia el estacionamiento vi a mi derecha siete columnas de forma circular con unos paneles que de seguro no eran para transmitir paz y amor; las famosas torres 5G. Sí. A tres kilómetros de mi departamento. A nueve mil años luz de evolución y a dieciocho meses de enviarnos a Emergencia con dolores de cabeza crónicos y posibles tumores cerebrales. No se enojen, sé que muchos de ustedes me reclamaron que vuelvan las historias en donde escribía sobre citas y viajes, pero no tengo ninguna historia para contar porque nos han arrancado todo. Para los fanáticos de la personalidad optimista, el Zen y las afirmaciones positivas, ¿sabían que las torres 5G arrasan con las frecuencias neuronales de cuajo? Y que si seguimos así, lo único positivo va a ser la memoria de una vida libre.
Llegó el momento de ser Serbios por un rato; dejar la falsa diplomacia, los tacos altos, el carácter alegre y hacer algo por salvarnos de que nos pulvericen. Llegó el momento de no-descansar. Porque ya descansamos por doscientos años y así estamos, tapándonos la boca en vez de estar protestando al estado por la autorización de la activación de estas torres, que dicho sea de paso: jamás fueron aprobadas por ninguna entidad. Es como si yo me siento en la vereda e instalo un puesto para vender piña colada que al consumirla te desaparece por completo el hemisferio izquierdo, como a la vista no se ve, ¡pues venga! Que siga el show.
Perderé a muchos lectores hablando de esto sin parar, pero probablemente no nací para complacer a nadie, sobre todo cuando está en riesgo nuestra salud. No la salud de la que ellos dicen preocuparse, la salud que nos quieren sacar activando un nivel de radioactividad mucho más alto de lo que nuestro cuerpo puede soportar.
Cómo la cosa está chunga, me armé un kit de “como hacer CDS por Andreas Kalcker”. Me llevé fisicoquímica a marzo toda mi secundaria, solo para comprobar que nunca es tarde para saldar deudas karmicas.
El CDS es un componente químico que te oxigena las células y te cura de muchas enfermedades. El sistema no quiere que sepas esto porque los laboratorios farmacéuticos se fundirían; el mismo caso sucedió cuando mataron a tantas tribus indias: no solamente para quedarse con sus tierras, sino también para que no se esparciera el conocimiento.
Andreas Kalcker es un científico reconocido mundialmente, no solo que comprobó que todo este circo podía terminarse con el consumo de Hidroxicloroquina, sino que además se lo dio a muchos de sus pacientes y se curaron. ¿Salió en los medios? Jamás. Porque la obligación de los medios es alimentar tus miedos, no tu salud.
Leyendo tantos testimonios de este hombre, terminé encontrando videos de cómo crear la fórmula. Genial, ahora la que se tiene que poner el barbijo soy yo por si en la torpeza de mezclar ácido clorhídrico y clorito de sodio no termino intoxicada con la pócima salvadora en la mesada de mi cocina. No teman gauchos, me conseguí una amiga que domina los tubos de ensayo y las jeringas descartables.
Dos mujeres que le escapan a la cocina preparando un guiso químico para frenar los problemas físicos de la contaminación ambiental.
Paradaise now! Sabía que posponer mis vacaciones a Grecia tendrían su beneficio, hasta el empleado de la ferretería me dijo que si la pócima curaba la artritis que por favor le diera un poco porque sufría de dolor de rodilla.
Cuando se enteró mi amiga Jamie Lynn, directamente me dijo: tomalo por dos semanas que si te funciona me lo mandas.
Una rata de laboratorio extraordinaria esta escritora, pasé de los históricos huevos revueltos al CDS—la medicina del futuro—en tres días.
Si no me creen, los invito a que googleen a Kalcker, aunque el que lo creó originalmente fue Jim Humble. No creo que el CEO de Facebook apruebe este relato si pongo sus páginas webs, pero si necesitan más información del asunto, ya saben: me encuentro en la cocina con guantes, máscara y delantal evitando una catástrofe sanitaria.
Un beso en la frente para todos.
(El plagio es delito, si vas a compartir mi obra que por favor aparezca mi nombre al final del relato. Gracias).
Ceci Castelli
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