Cecilia Castelli

2 months ago · 3 min. reading time · visibility ~10 ·

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La avaricia, un viaje sin retorno

stuck in a I a love is just a quote
and lying is the new truth


 

Dos semanas atrás fui a un evento en Miami, ciudad a la que escapo por miedo a ser apuntada con una uña de acrílico o pisoteada por plataformas de 7 cms. La cosa se pone más chunga cuando esa escena se alcoholiza y las pestañas postizas empiezan a volar por el aire creando el panorama más desolador de esta generación. Una generación de mucho sexo sin amor, muchas fiestas sin amigos, mujeres operándose para estar buenas y salir con hombres ricos. Hombres queriendo ser ricos para salir con mujeres buenas, y el amor ahí, solísimo. Un mundo que sabe el precio de todo y el valor de nada. Y ahí estoy yo, una escritora en el medio del huracán que predomina el latido flojo de una sociedad quebrada espiritualmente.

El evento al que asistí pertenece a una organización a la que estoy afiliada,  y una vez al mes hacen reuniones culturales, esta vuelta le tocó a la cerveza artesanal. Mientras el dueño del bar nos llevó a la bodega para contarnos como se infla la levadura y cómo se comporta la temperatura a la hora de la fermentación, yo revoleaba mi limonada esperando que su discurso terminara para poder socializar y hacerme de algún amigo ya que no conozco a nadie.

Pero mi ansiedad acercó a un hombre que yo hubiera jurado que era gay. De padre dominicano y madre salvadoreña, un mulato que estaba para la mariposa en la espalda y el traje de la sirenita. Bueno, o eso pensó mi maldito prejuicio argentino. 

Media hora después estábamos compartiendo risas en la barra, y pude ver como nacía una amistad entre mi nuevo amigo afeminado y la primera dama. Me pidió el número de teléfono y se lo di, agradecida de saber que jamás me invitaría a salir porque le gustan los hombres. 

Una catarata de textos, fotos de él tomando vino y 4 emoticones después, me dijo que le encantaría salir conmigo y que si le parecía una buena opción que vayamos a la playa juntos.

No estaba que me revolcaba en la arena de alegría, la playa es un lugar al que me gusta ir sola porque aprovecho para leer en silencio, pero si no abro mi vida social, puede que mi círculo de amistades terminen siendo el mate, la sombrilla y la reposera. En un atisbo de solidaridad acepté su auto invitación. Una bastante decadente, ya que si este hombre tenía algún interés genuino, debería haberme invitado a algún lado y no colarse en mis planes. Dejé pasar esta grotesca bandera roja—ya que la cita era a una cuadra de mi casa—y preparé sandwiches y frutas para ambos.

Soy de buen comer y además altamente organizada. Me colgué la sombrilla al hombro, la reposera y el equipaje para tres viajes a la Cumbrecita. Y él arribó a las 12 del mediodía con 34 grados a la sombra (de mi sombrilla), sin una botella de agua o una banana para cuando le bajara la presión por el calor atmosférico.

Para la 1 de la tarde ya sabía 3 cosas: miserable, afeminado y peludo. 

Ajá, el viejo truco de citarme en la playa para verme en bañador y él olvidándose que debajo de su camisa era el hombre lobo. 

Supongo que la vista panorámica lo favorecería a él solamente, porque lo que va de mí, pelos y más pelos en toda la espalda formando curvas exuberantes y enredándose entre sí. Vamos, rulos en forma de mota, propio de su background caribeño. 

Para las tres de la tarde ya lo había alimentado y refrescado con mi compañía, pero se ve que esto no había sido suficiente, porque de repente se me vino encima y me quiso dar un beso. La historia de amor más triste del mundo, el hombre lobo comiéndose todo y queriéndose devorar a la doncella de los años 50.

Creo que nunca empujé a alguien con tan poca delicadeza. Le dije que me sentía abatida y cansada, pero en realidad lo hubiera tirado al mar con un ancla para que esos rulos de su espalda desaparecieran para siempre.

¡Ni una botella de agua! Son una plaga…la avaricia humana expandiéndose a la velocidad de un trueno. 

Volví a mi casa sin un día menos de playa, le pedi disculpas al autor de mi libro y me hice la señal de la cruz frente al pote de cera que le hubiera echado en la alfombra de su espalda. Por supuesto a 350 grados. A esta gente hay que matarla despacio, para que sientan que su miseria nos quema a nosotras de la misma manera. Lenta y dolorosamente.

Prometo repuntar el nivel, hay cosas de las que no se vuelve, y esos rulos han sido un viaje de ida. 


 

¡Nos vemos en la depilación láser!


 

Buen viernes para todos,


 

Ceci Castelli

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